Tras su presentación pública el Día de los Inocentes de 1895 en París por parte de los hermanos Lumière, el invento del cinematógrafo fue expandiéndose por toda Europa como una mancha de aceite y, además de iniciarse la filmación de películas en cada país, paulatinamente creció el interés por ver aquello de las imágenes en movimiento, que un visionario tachó de juguete que no tendría un largo recorrido. Ya ven, ya ha superado los 125 años convertido en el 7º Arte.

A Córdoba el cinematógrafo llegó el 23 de octubre de 1896, casi un año después de la puesta de largo del invento que, bajo numerosas denominaciones, nacionalidades, guerra de patentes y mucha expectación por el propio invento incluida, iba dándose a conocer a lo largo y ancho del país. Las crónicas de la época nos hablan  del «nuevo espectáculo«, como lo denominó el Diario de Córdoba el 21 de dicho mes, anunciando: «Brevemente se presentará en el Teatro Circo del Gran Capitán el cinematógrafo ó sea la fotografía con vida, que viene llamando la atención en todos los teatros de Europa y últimamente en Sevilla y Cadiz» (sic). Llegó el esperado día, al menos para el gacetillero de turno, que el día 23 recuperaba el anuncio de «la primera exhibición del cinematógrafo que en Sevilla, Jerez, Cádiz y otras poblaciones ha llevado numeroso público, conquistando muchos aplausos«.

En realidad, y a pesar de que el término cinematógrafo era netamente francés y, por tanto, derivado del invento de los Lumière (que significa luz, vaya casualidad), la publicidad hablaba de un invento inglés (kinescopio) que recorría Andalucía en una especie de gira para dar a conocer no solo el invento, sino sus posibilidades de explotación económica en sesiones en las que se combinaban con espectáculos teatrales, se exhibían las primeras películas (fotografías con vida) y se proyectaban fotografías en una pantallas, al modo que muchos años después se haría con las diapositivas.

El día de San Rafael, el Diario de Córdoba se hacía eco del tremendo éxito que supuso la novedad para el ávido público cordobés (ya sabemos cómo somos con lo de la novedad en esta tierra): «Anteanoche y con resultados admirables, tuvo efecto en el Teatro Circo del Gran Capitán la prueba del curioso invento del célebre Eddison (sic), titulado Cinematógrafo. La exposición de la fotografía animada, presentada en algunos cuadros, fué, para la concurrencia que asistió á la prueba, de un efecto grandioso. La extraordinaria novedad del espectáculo llevará seguramente numerosa concurrencia al Teatro Circo del Gran Capitán«.

Una sala de espectáculos que fue reformada en 1924 y que tomaría el nombre de Teatro Duque de Rivas hasta su cierre en mayo de 1972 y que se ubicaba en lo que hoy es el edificio Gran Capitán. Por cierto, los palcos sin entradas costaban 2 pesetas y 50 céntimos, las sillas con entrada, 50 céntimos; la entrada de anfiteatro costaba 30 céntimos, para palco el mismo importe, mientras que para adquirir una entrada de grada había que desembolsar 15 céntimos.

Evidentemente, no se trataba del cinematógrafo de los Lumière, sino del Kinetoscopio desarrollado por Thomas Edison (el de la bombilla, sí) que seguramente llegó vía Gran Bretaña a tierras andaluzas y que se mantuvo, con sus variantes modernizadas, como el referente para el mercado anglosajón tanto en cámaras como en proyectores de las «fotografías animadas» durante 20 años. Aquel sabio que dijo que el cinematógrafo y sus cuadros de imágenes iba a ser flor de un día qué equivocado estaba.

Ha pasado siglo y cuarto. La forma de ver cine ha cambiado, pero las salas de exhibición y las pantallas blancas siguen siendo un reclamo para quienes ver películas es una parte consustancial de sus vidas y de su manera de entender el ocio, plataformas y dispositivos aparte.

Carlos García Merino