Añoranzas, una Semana Santa diferente

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Despierta la mañana el Domingo de Ramos y ya se escuchan. Se escuchan desde sus propias casas. Niños, tambores y cornetas de plástico; madres con peine y colonia en mano persiguen a sus hijos por el pasillo entre el alboroto del hogar. Están emocionados. Se abren las ventanas y se huele. Un aroma especial, una mezcla entre incienso y azahar. Balcones florecidos. A lo lejos capirotes que portan palmas rumbo a San Lorenzo. Y da comienzo.

El gentío empieza a ocupar la ciudad. Jaleo. Abuelos que a la derecha sostienen la mano de sus nietos y a la izquierda sostienen la bola de cera a los nazarenos bola de cera. La calle María Auxiliadora retumba: ‘poropom pon popom’ un sonido que se mete por el pecho y remueve el estómago; es el punto de partida de la semana más íntima del pueblo cristiano. Por la puerta de la iglesia asoma la cabeza la burra y la plaza explota en aplausos. Risas, alegría. ¡Jesús ha llegado a Jerusalén! Pinceladas de Historia; como si de una escena de la biblia se tratase, como si quisieran volver atrás el tiempo y remontar al instante en que se produjo esa entrada triunfal. Una manera de mantener vivos los momentos que cambiaron la vida de millones de personas. Una forma de mantener viva la fe. 

Mantillas, nazarenos, costaleros y demás penitentes se unen al lienzo que se dibuja en la ciudad durante el resto de la semana. ‘¡Pipas, caramelos, chicles!’, vociferan los vendedores ambulantes mientras los pequeños de la casa piden cera a los nazarenos. Grupos de amigos sentados en los bordillos de la acera, cerveza en mano, a la espera de una procesión más, puestos de caracoles que coronan el entorno primaveral de los siete días de sentimiento. Libros de Semana Santa que nos marcan el tiempo al que se mueven las agujas del reloj esos días. Unos días tan especiales que la pandemia, lejos de hacernos olvidar, nos recuerda más aún. 

La extrañeza de pasear las calles vacías, el silencio, las colas en las iglesias, hermandades en cocherones parcialmente confinadas, la ausencia de bandas de música, de ruido, del paisaje de postal; la añoranza. 

María Carmen García. / Vídeo Miguel Valverde y RAM

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