Concineamiento (V): Ficción vs. Realidad

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El zapato de Hrundi

Una sección de cine y series de Alberto Armas

“Recuerda lo que dijo Clemenceau: La guerra es demasiado importante para dejársela a los generales. Pero hoy la guerra es demasiado importante para dejársela a los políticos”.  ¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú.

Visto lo visto, el amigo Kubrick no iba falto de razón. Día tras día, fase tras fase, la realidad nos demuestra  que la estupidez perpetrada en la obra maestra de “Stan” por un Peter Sellers en estado de gracia (interpretando a tres personajes diferentes, uno de ellos el presidente de los EEUU), Sterling Hayden, George C. Scott y compañía, se queda muy por debajo de lo que los actuales mandatarios mundiales nos ofrecen. Y con unos recursos ilimitados en lo que a creación humorística se refiere.

A la mente me vienen grandes presidentes americanos de la gran pantalla; Bill Pulman como salvador de la tierra en Independence Day; Harrison Ford luchando contra unos terroristas dentro de su Air Force One; o Morgan Freeman, gestionando una hecatombe provocada por la inminente llegada a la Tierra de un enorme meteoro en Deep Impact. Pero sobre todo, no dejo de pensar en mi favorito, quizás sea porque para un servidor es una película de absoluta referencia. Me refiero a Hot Shots! (1991, Jim Abrahams) y al gran Lloyd Bridges, inolvidable en su personaje Tug Benson, almirante de la Armada en la primera parte y ascendido a presidente en la segunda (imagino que como consecuencia de sus buenos quehaceres al mando). Máximo ejemplo de personaje incoherente, creador de situaciones sinsentido dentro de un universo alocado. En definitiva, digamos que no muy alejado de la realidad que vivimos. Por un momento, imaginemos una videollamada por Zoom entre el actual presidente de EEUU, Donald Trump, y nuestro querido Tug Benson.

Tug Benson: “¿Quién anda ahí?”

Donald Trump: “Presidente, soy el presidente”.

T.B.: “Usted no es él. Él es más alto y tiene el pelo en su sitio”.

D.T.: “Tug, soy Donald”.

T.B.: “Hombre, Daniel. ¿En qué te puedo ayudar?”

D.T.: “Ay, Tug. No me fío de mis expertos en esta gestión de la epidemia”.

T.B.: “¿Epidemia? ¿Dónde? Maldita sea, ¿por qué nadie me informa de nada?”

D.T.: “El coronavirus, Tug. Está en todas partes”.

T.B.: “Diablos, Robert. ¿Coroqué? No tengo ni pajolera idea de lo que me hablas. ¿Dónde habré puesto mis gafas? Desde que perdí los dos ojos en la bahía de Cochinos y me los volvieron a colocar en su sitio no escucho nada. ¿Qué dices?”

D.T.: “Nos ha entrado un virus de China y todo el mundo está en pánico”.

T.B.: “¿Otra vez esos malditos amarillos?”

D.T.: “¿Qué puedo hacer, Tug?”

T.B.: “¡Diantres, qué sabré yo! Este mundo está loco. Antes no salíamos. Si alguien quería algo de nosotros, nos buscaban ellos. Y si teníamos que salir, intentábamos no traernos nada”.

D.T.: “Tomo nota”.

T.B.: “Ah, aquí están mis gafas. Santa madre de Dios, Philip, ¡qué mala cara tienes!”

D.T.: “He bebido lejía. Creo que es una solución para para matar al bicho”.

T.B.: “¿Tu hija? Aquí no está”.

D.T.: “Lejía, pero nadie me hace caso”.

T.B.: “No tienen ni idea, Alfred. Eso es lo que bebíamos nosotros cada mañana cuando estábamos acampados en el embalse de Chosin. Ahora sólo puedo beber Alka Seltzer. Tengo un agujero en el estómago del tamaño de Nicaragua”.

D.T.: “Supongo que antes se vivía mejor. Ahora la gente se ha vuelto débil y ha perdido el norte. Hay misses gordas que tocan el violín”.

T.B.: “¿Dónde? ¿Aquí? ¿Quién está al mando?”

D.T.: “Yo, presidente”.

T.B.: “Ah, Patrick, no le veía. Se me había perdido la señal. Malditos inventos. Antes si necesitábamos a alguien llamábamos directamente a su puerta. ¿Quién anda ahí?”

D.T.: “¿Tug?”

T.B.: “Por Dios, David, ¿otra vez usted?”

D.T.: “Sí, me gustaría saber si está dispuesto a volver al trabajo como mi principal asesor”.

T.B.: “Nada me gustaría más. Pero mi movilidad está muy limitada. Desde lo de Camboya, tengo las piernas atravesadas por tres kilómetros de alambre que me permiten mantenerme en pie de milagro”.

D.T.: “Entiendo. No quisiera molestarle más. Como presidente, es un honor hablar con un ciudadano ejemplar como usted, Tug. Que sirvió a su país con valentía y determinación”.

T.B.: “Déjese de tonterías. Mis informes revelan que lo está haciendo usted de maravilla”.

D.T.: “¿Eso cree? Se lo agradezco de veras”.

T.B.: “¿Cómo? ¿Me oye? A lo mejor no me entiende muy bien. Los rusos me hicieron beber ácido por un embudo y tengo el paladar reconstruido a base de nanotubos de carbono. Diantres, dónde habré puesto mis gafas”.

D.T.: “Las tiene puestas”.

T.B.: “Fantástico. Ya le escucho mejor”.

D.T.: “Bueno, Tug, muchas gracias por su tiempo y comprensión. Si puedo hacer cualquier cosa por usted o los suyos, no dude en pedírmelo. ¿Alguna última recomendación?”

T.B.: “Siga con lo de la lejía”.

D.T.: “Eso haré. Gracias, Tug”.

T.B.: “De nada, Joseph”.

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