Inicio Destacadas De la inclusa a la residencia: La historia de mi Paco

De la inclusa a la residencia: La historia de mi Paco

0
Hombre paseando / FOTO: RAM

MARICARMEN GARCÍA – INSITU DIARIO

Apenas podía mover su cuerpo, pero su mente y su capacidad de oratoria estaban intactas. Conocí a Paco en la residencia donde trabajé durante 20 años. Era un alma noble con la mirada cargada de nostalgia; uno de esos semblantes que guardan en su piel la memoria de la desdicha. A pesar de ello, la afabilidad y el cariño que desprendía hacían de él un ser especial.

El paso del tiempo y la ingente cantidad de curas que tuve que hacerle, unido a su capacidad de hablar hasta con las moscas, hicieron que él y yo entablásemos una gran amistad. Mi Paco nació en 1930, en el seno de una familia muy humilde. No conoció sino campo, tagarninas, cardillos y brasero de picón, cuyo carbón conseguían de estraperlo. Recordaba a su padre fumando un cigarrillo apoyado en la jamba de la puerta, a su abuela zurciendo sentada en una mecedora y el olor de su madre. Olía a hogar, a calidez. Nunca usó perfume porque no tenía una gorda, pero tampoco le hizo falta, porque su olor innato era un olor maternal que irradiaba paz. Una paz que le quitó la maldita guerra.

Fusilaron a su padre en el 36 y su madre murió un año después de tuberculosis. Su abuela desgraciadamente, ya había dejado este mundo antes de que estallase la guerra. La última imagen que Paco tenía de su casa era la del ataúd de su madre saliendo por la puerta mientras una monja lo agarraba a él de la mano y se alejaban andando. Fue ese mismo día que mi amigo conoció la inclusa.

Me contó que era un lugar inhóspito, lleno de mujeres de uniforme llamadas «madre», a pesar de que ninguna tuviera hijos. Las paredes se le venían encima cada noche recordando a su familia y un peso muy grande le llenaba la garganta de ganas de llorar. A pesar de la dura disciplina que se aplicaba, y de que nunca más volvió a sentir el calor de su madre, los ratos de juegos con los demás niños eran la gloria. Ese nuevo techo no era nada parecido al hogar donde vivía con sus padres, pero supo sacarle el jugo para sentirlo como su casa.

Fue aquí donde conoció a su amigo Luis, un muchacho positivo y delgaducho, dos años menor que Paco. Luis era muy inquieto y siempre andaba tramando alguna trastada, que hacía junto a su fiel compañero. Era raro el día sin recibir castigo divino e incontables las veces que les obligaron a rezar padresnuestros y avemarías. No obstante, los recuerdos de sus años viviendo allí eran lo suficientemente alegres como para albergar la esperanza de que, a ratos, hubiese sido feliz con las monjas.

A su salida de la inclusa con 18 años, mi amigo, que había estado aprendiendo el oficio de la carpintería, fue en busca de su tío Juan, que trabajaba como carpintero. A cambio de comida y techo, Paco trabajaba de sol a sol. No fue hasta el año y medio de estar allí que le empezaron a pagar algo. Era una miseria, pero al menos podía ir ahorrando para poder montar su propia carpintería.

A los dos años de la estancia de Paco en este lugar de trabajo, Luis salió de la inclusa y fue en busca de su amigo. El tío Juan aceptó la ayuda del nuevo aprendiz, con las mismas condiciones que su sobrino tuvo al principio. Una vez hubieron reunido suficiente dinero para establecerse por sí mismos, los dos jóvenes montaron su propio negocio, Carpintería Expósito, un local chiquito bajo una casa vieja, que después hicieron suya, que les dio de comer durante el resto de sus vidas.

Trabajando allí conocieron a sus respectivas esposas y formaron sus propias familias. Hicieron realidad su mayor sueño, tener un hogar de verdad. Sentirse queridos y arropados al entrar por la puerta de casa y dormir al lado de la persona que más los quería.

Fueron los mejores años de su vida, y no tenía nada, salvo trabajo y amor, pero según me contó ni le hacía falta más ni le pedía más a la vida, porque, después de haber conocido el verdadero dolor de la pérdida y la soledad, cualquier rayo de luz lo hacía sentirse pleno.

Paco recuerda con cariño cómo era el día de Reyes en su casa, el jolgorio que formaban sus chiquillos, la ilusión que el nunca tuvo pero pudo darles a sus hijos. Para él era el mejor día del año.

Mi amigo era una persona muy generosa. Pocos le parecían los detalles para sus hijos. Contaba que organizaba chocolatadas en los cumpleaños e invitaba a todos los niños del barrio. Hacía juguetes de madera, recogía flores del campo cada tarde para sus hijas y caracoles para que sus hijos les dieran de comer e hicieran carreras. Disfrutaba llevando a sus hijos al taller y haciéndoles partícipes de su oficio. Les enseñó a andar, a jugar, a correr, incluso a leer lo poco que él sabía. Cada rato, cada momento del día que podía dedicarles, era su prioridad.

Su esposa Carmen era una mujer fuerte, de pelo largo y buen carácter. Era su delirio, no creo que hubiese querido a nadie en la vida tanto como la quiso a ella. Cómo me hablaba de sus ojos verdes, de su sonrisa profunda y su piel morena. Todo halago hacia ella era poco. Tan buena madre, tan comprensiva, tan cariñosa, que en cierto modo le recordaba a su propia madre. A decir verdad, ambas murieron en circunstancias parecidas; y es que la enfermedad se agarró a su esposa como quien no tiene esperanzas se agarra a un clavo ardiendo. Y no la soltó.

Después de ese duro golpe, el dolor lo fue envejeciendo. Sus hijos, que ya estaban casados y tenían sus propias vidas cargadas de trabajo y estrés, no pudieron recoger flores ni caracoles para él, ni pudieron ayudarlo a levantarse de la dura silla en que se sentaba cada tarde a pensar en Carmen. La pena no le dejaba comer y comenzó a enfermar. Fue entonces que su familia decidió trasladarlo al lugar donde me conoció a mí. Mi amigo, de nuevo, fue alejado de su hogar para ir a otro sitio inhóspito; esta vez lleno de ancestrales seres humanos.

Cuando me asignaron su cuidado no pude evitar fijarme en la palidez de su rostro, la mirada infinita y deshecha que tenía y los callos de sus manos temblorosas. Con la amabilidad que me caracteriza me acerqué a él y le cogí de la mano suavemente. No quise hablarle para no perturbar el silencio de su tristeza, pero intenté expresar con mi rostro toda la paz que un ser humano puede darle a otro en un momento como ese.

Según contaron sus hijos, su padre era una persona muy locuaz; pero, a veces, la muerte es la antesala perfecta del enmudecimiento.

Traté de darle todo el cariño que pude, hasta le daba un beso de buenas noches todos los días. No fue hasta varias semanas de su ingreso que, en uno de los almuerzos que tomaba en su habitación, Paco rompió a llorar y me dijo «qué bonita era mi Carmen. Tú no la conociste pero era la mujer más bonita del mundo». Casi me desmayé de la emoción cuando lo escuché. Qué voz más tierna y que bellas palabras las de ese señor. A partir de ese momento, y de manera progresiva, fuimos acostumbrándonos el uno al otro hasta el punto de hacernos grandes amigos.

Él me contó toda su vida con pelos y señales y yo le hablé también de la mía. «La vida de ahora no es como la de antes. A veces, aunque la voluntad sea diferente, las circunstancias nos llevan a no prestar la atención necesaria, a lo más importante», me dijo un día. Supe que se refería a sus hijos que, a pesar de sus cortas visitas cada mes, preguntaban cada semana por el estado de su padre.

Salíamos a pasear al jardín de la residencia cada día, y todas y cada una de esas veces, mi Paco cogía un par de flores para mí. «Estas son mis buenas costumbres», me decía siempre. Me habló de cómo trabajaba la madera, de cómo amaba locamente a su mujer y a su familia, hasta de cuántos vecinos iban a los cumpleaños de sus hijos. Pero se apagó. Mi Paco apagó la luz de su vida la madrugada después de haberme dado las buenas noches más bonitas que me han dado nunca, como si avistase que esa fuera la última oportunidad que le daba la vida para hacerlo. «Gracias por haberme hecho feliz estos últimos años, te quiero mucho».

Nunca lo olvidaré.

No hay comentarios

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

Posting....
Salir de la versión móvil