El callejón digital

"Si los padres no permiten a sus hijos estar en un callejón oscuro de madrugada, por qué les permiten pasarse horas en sus habitaciones con el ordenador"

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LAURA GARCÍA – INSITU DIARIO

«La sociedad no está preparada para mantener la misma disciplina o higiene que antes. Se puede tener una caja fuerte o poner una buena cerradura a tu puerta, pero la disciplina digital es algo que todavía hay que interiorizar». José Miguel Sáenz es jefe de la Brigada Judicial en Córdoba, trabaja con todo tipo de estafas y delitos tecnológicos, a diario, y los define como «los delitos de siempre, pero trasladados al nuevo entorno digital».


La pandemia ha evidenciado la innegable utilidad de los aparatos tecnológicos e internet. Sin embargo, la cuestión no es esa sino si estamos seguros en ese ambiente. Teléfonos, redes sociales, chats, aplicaciones móviles… Un universo tecnológico aparentemente seguro, que nos ofrece lo bueno pero también nos expone a lo malo. El aumento del tráfico de internet y del uso de aparatos tecnológicos, de forma contraria a lo que se podía esperar, no ha aumentado el número de delitos informáticos durante los dos meses de confinamiento en Córdoba. Sí se produjo un caso curioso: el del cobro fraudulento de un ERTE. «Alguien se hizo pasar por un agente intermediario del SEPE y el usuario le facilitó datos pensando que le ayudaría a cobrar el ERTE a la mayor celeridad», indica Sáenz.


Para actuar contra los delitos de la red, la policía actúa bajo demanda, es decir: almacena los delitos que ocurren a medida que el usuario denuncia y realiza un seguimiento de existentes y nuevos. De entre todas las denuncias almacenadas, una es la más habitual: movimientos fraudulentos en cuentas bancarias. Los menos habituales son los délitos informáticos puros: ataques informáticos a servidores de administraciones públicas o grandes corporaciones que sufren hackeos o les usurpan datos de millones usuarios a nivel mundial.

Los sectores más vulnerables

El mayor riesgo se encuentra en aquellos sectores donde la ignorancia del problema es mayor y no existe una capacidad suficiente de prevención y reacción. Es el caso de los adolescentes. Para ello, la educación es un antídoto esencial. La propia Policía Nacional es la encargada de impartir coloquios en colegios, para niños de sexto de primaria, donde les enseñan ejemplos reales de delitos de los que pueden ser víctimas. «De esas charlas salen en ocasiones operaciones policiales, porque los niños se te acercan al terminar y te confiesan que ellos han vivido o están viviendo algo parecido y no lo saben», espeta Sáenz. Para muestra, una frase a la que recurren para hacer a los adolescentes entrar en razon: «¿A que tus padres no te dejan que estés solo a las cinco de mañana por callejones oscuros? Pero sí te dejan que estés cinco horas solo en tu habitación con el ordenador».


El problema, señala, es que los delitos de menores suelen ser, por lo general, graves y de gran impacto. Es el caso del sexting, un tipo de delito donde se reproduce siempre la misma casuística: «Aparece un nick de un chico o un chica guapísimos dentro de un chat, empiezan a chatear y un día les animan a hacer una videollamada. Comienzan los comentarios y acaban tonteando hasta que se dejan liar para hacerles fotografías de contenido erótico«, indica Sáenz, «una vez hecha la primera foto, ya es muy sencillo manipular a ese menor«. El problema, señala, es generalmente que los padres desconocen cuál es «no su derecho, sino su obligación, que es controlar cualquier herramienta social en la red de su hijo», afirma.


Otro sector de enorme vulnerabilidad es el de la mujer víctima de violencia de género. Internet es un pasillo directo a la víctima y una forma sencilla de quebrantar incluso una orden de alejamiento. «No se trata solo de amenazas y coacciones, sino del control que puede hacer una pareja sobre su mujer vía redes sociales y monitorización de cada movimiento», añade José Miguel Sáenz.


Las numerosas y variables formas de delito que se pueden llevar a cabo quedan, en la mayoría de ocasiones, en una sensación de impunidad. «La respuesta es muy lenta y, a veces, es muy complicado emprender una comisión de investigación sobre delitos leves», explica el jefe de la brigada judicial.

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