El monstruo que un día amé

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8M /Foto: Insitu Diario

MARICARMEN GARCÍA – INSITU DIARIO

Dichosa, radiante, con vestido blanco y ajuar. Así llegué aquel día a la mazmorra que hoy habito. Una inocencia tan joven no pudo reconocer al monstruo con disfraz de querubín que hoy es mi cancerbero.

Se abre la puerta y mi vello erizado entra en pánico y quema. Su voz se siente como el ladrido de un perro guardián que sobresalta el corazón, y a la vez como el siseo reptiliano de una serpiente de cascabel, cuando está cerca de mí. Mi voz es un grito de socorro que va intrínseco en cada palabra que el murmullo de mi garganta es capaz de emitir.

Sus manos de acero y esparto me tocan, y en mi rostro florecen lirios que forman el cementerio de hematomas de mi cuerpo.

Se acerca, y su nauseabundo olor a tasca barata se clava en mi nariz hormigueando mi estómago. El miedo me paraliza y soy una muñeca de trapo en sus manos. Me dejo llevar, no puedo decidir qué hacer, no puedo implorar perdón por algo que no he hecho, no puedo preguntar por qué; solo me dejo hacer. Las represalias serán peores si hablo. Para mis hijos, para mí. Los hilos de nuestras vidas se manejan con desprecio, como un titiritero mueve a una marioneta.

En la pared, las agujas del reloj marcan el infinito. Las horas parecen parar el tiempo. Miro mi ventana sin rejas, que es más cárcel que la propia prisión, y pienso «vendería mi alma entera al diablo por solo un día creyendo que él no existe».

Mi historia de miedo no tiene brujas, ni fantasmas. Mi historia de miedo la protagoniza el hombre que un día amé.

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