Un adiós interrumpido

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FOTO: RAM
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Mª ISABEL SÁNCHEZ – INSITU DIARIO

Hay imágenes que inevitablemente quedan grabadas para siempre en la memoria. El periodismo me convierte en testigo privilegiado de muchas de ellas, sin embargo algunas te marcan con especial intensidad.

En el cementerio de la Salud, mayo se despide con un implacable sol que no ofrece un segundo de tregua. Sus puertas vuelven a abrir tras una pausa inesperada que nadie pudo imaginar. Es el inicio de la fase 2 de la desescalada, el momento que muchas familias esperaban para poder despedir a sus seres queridos.

Recorro sus calles bajo un profundo y pesado silencio, casi palpable, por momentos debo hacer un esfuerzo para recordar que estoy en mitad de la ciudad rodeada de tráfico, prisas y vanalidades que desaparecieron en el mismo instante en que crucé la puerta.

Camino sola por el camposanto con respetuoso sigilo pero a mitad del camino mis pasos encuentran compañía. Son los de Francisco, vecino del Campo de la Verdad que vuelve por primera vez al cementerio tras más de dos meses de obligado retiro. El coronavirus es un monstruo que cuando muestra su cara más cruel, no hace excepciones ni con quienes necesitan un último adiós. El hombre responde a mi saludo amablemente y enseguida me hace partícipe de su historia. Espero que intuya en mi mirada- ahora que la boca es prisionera bajo una mascarilla- la enorme gratitud por compartir una historia de amor tan sincero que ni la muerte ha podido truncar.

Francisco acude cada día a este cementerio desde que su mujer falleciera el penúltimo día de diciembre del pasado año. “Estuvimos cincuenta años casados. Tuvimos tres hijos y cinco nietos”, me cuenta con el cariño en la voz que le provoca el recuerdo de todo lo que construyeron juntos. Tras escuchar toda una vida condensada en diez palabras soy consciente de que nadie puede realmente llegar a imaginar un dolor así. “Era mi compañera de vida, no nos separamos ni un solo día. De un día para otro ya no pude ni venir a estar un rato con ella”, expresa con resignación. Y automáticamente pienso que Francisco encarna toda la dignidad de la palabra viudo. Sólo puedo escucharle en silencio mientras su historia cae sobre mi como una losa de la que me gustaría poder librarle. El Estado de Alarma truncó su día a día y convivió con una amarga realidad sin visitas al cementerio, sin poder honrar la memoria de su esposa a través de este homenaje diario, sin esta dolorosa pero necesaria rutina.

De repente apresura el paso mientras señala el lugar exacto donde reposa su mujer, aquella con la que ha disfrutado cincuenta años de plena felicidad. Aprieta firmemente el ramo de flores en sus manos, como si hubiera llegado el momento exacto que tanto ha esperado más de dos meses, y es entonces cuando cae en la cuenta de que las ofrendas florales aún están prohibidas por razones de seguridad. Tampoco puede limpiar la lápida. Se gira hacia mi y me dedica una última sonrisa para compartir conmigo su alivio por el simple hecho de poder estar frente a ella. Me alejo pensando en todas las personas que encontrarán consuelo estos días…aunque las flores deban esperar unas semanas más.

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