El día que conocimos a Tutankamón en Córdoba

El 4 de noviembre de 1922 y de manera accidental un niño aguador topó con el primer escalón de acceso al enterramiento de una tumba inviolada, que así había permanecido por más de 3.200 años

El 4 de noviembre de 1922 se produjo un hallazgo arqueológico de primer orden que ha traspasado las fronteras de lo científico para convertirse en un hecho legendario: el descubrimiento en el Valle de Los Reyes de una tumba inviolada, que así había permanecido por más de 3.200 años. Ese 4 de noviembre de 1922 y de manera accidental (un niño aguador topó con el primer escalón de acceso al enterramiento) fue descubierta la entrada por el arqueólogo Howard Carter, que había convertido la búsqueda de tumbas de faraones egipcios, y esta en concreto, en su particular Santo Grial, patrocinado por un noble inglés, Lord Carnarvon. Se sucederían los días y los trabajos hasta que penetraron en una primera cámara a finales de noviembre atestada de tesoros y, tras romper los sellos reales intactos desde el enterramiento, accedieron a la cámara real en la que se encontraba una maravilla: el sarcófago de oro del faraón Tutankamón. Era el 16 de febrero de 1923. Todos estos trabajos fueron exhaustivamente documentados mediante fotografías realizadas por el inglés Harry Burton (que fallecería 18 años después en Egipto). Un trabajo de campo verdaderamente impresionante y que documenta de manera extraordinaria la magnitud del hallazgo y de las miles de piezas depositadas en la última morada del faraón.

Una selección de dichas fotografías fueron visionadas en el Gran Teatro durante el desarrollo de sendas conferencias a cargo del gobernador civil de la provincia, Luis María Cabello Lapiedra, prolífico y reconocido arquitecto, escritor y hombre de elevadas miras culturales (autor de publicaciones como Cisneros y la cultura española o La casa española, consideraciones acerca de una arquitectura nacional) bajo el título «El descubrimiento de la tumba de Tut-Ankh-Amen«, en febrero de 1925.

Según quedó reflejado en la prensa de la época, «la disertación correspondió a la serie de las que viene organizando la Real Academia Cordobesa. El tema, divulgar las proyecciones que el gran arqueólogo inglés Mr. Howard Carter regaló al Comité Hispano inglés de intercambio cultural que preside el duque de Alba, proyecciones interesantísimas, representando escenas de las excavaciones del Valle de los Reyes y objetos hallados en la tumba del faraón Tut-Ankh-Amen. La asistencia a la conferencia estaba sujeta al donativo de 2,50 pesetas, dedicado a la Beneficencia, de acuerdo con los deseos del arqueólogo donante. El Gran Teatro hallábase atiborrado de público. No había localidades disponibles (…) Hablando del descubrimiento de la tumba de Tut-Ankh-Amen, dijo el señor Enriquez Barrios (director de la Real Academia de Córdoba) que había sido como despertar a una magnífica civilización que dormía. (…) Se congratulaba de que España, gracias al duque de Alba, hubiera sido la nación favorecida en primer lugar con las proyecciones de las excavaciones del Valle de los Reyes. En Córdoba, también gracias a la munificiencia (sic) del prócer nombrado, se continuaba el honor.«

Cabello Lapiedra estaba recién aterrizado en el cargo de gobernador civil de Córdoba y ya había excusado su participación como conferenciante de la Academia anteriormente, aunque vio la ocasión pintiparada cuando la casualidad vino en su auxilio, como él dijo, con la citada donación de las proyecciones de Howard Carter, previa petición al duque de Alba, que disponía de una copia, para mostrar a los cordobeses los hallazgos descubiertos en la tumba por el arqueólogo inglés. Estructuró las conferencias en base a las dos series de proyecciones; la primera, correspondiente a las excavaciones preliminares y la segunda, a los objetos y detalles de la tumba del faraón. Según reflejan las crónicas del Diario de Córdoba de los días 18 y 19 de febrero de 1925 sobre las conferencias de Cabello Lapiedra, «para llegar a la tumba hubo que levantar doscientas mil toneladas de tierra. Ciento veinte obreros laboraban. Un día se produjo un silencio sepulcral. Era que los obreros habían dado con la entrada de la cripta de Tut-Ankh-Amen; una escalera de roca viva, de setenta escalones. El señor Cabello Lapiedra va explicando las proyecciones, según el texto de Mr. Carter. Después de la escalera había cuatro puertas selladas. La de un gran corredor; la de la antecámara de la tumba; la del sepulcro y la del relicario. (En las proyecciones se ven claramente los detalles: las pinturas, los relieves). Las cámaras se hallan atiborradas de objetos admirables de oro, alabastro y piedras preciosas: lechos, trozos (sic), taburetes, báculos, ánforas, lámparas, anillos, todo rico en gemas, finamente labrado, dando una idea fabulosa de la originalidad y suntuosidad del arte y el reinado de Tut-AnkhAmen«.

La siguiente conferencia fue igual de exitosa, centrándose en los trabajos desarrollados por Carter y los obreros para llegar hasta la tumba del Rey, y los siete u ocho meses que duraron los trabajos de «reparación, conservación y catalogación de la multitud de objetos preciosos y delicados que encontraron acumulados en la antecámara», previos a romper los sellos del tabique de la cámara que albergaba la tumba del joven faraón, «una amplia estancia ocupada en su totalidad por una especie de inmensa urna de madera, cubierta de una chapa de oro de primorosos relieves». Después de extraer y catalogar infinidad de piezas allí depositadas, llegaría el momento de dedicar casi noventa días a abrir las diferentes urnas de diversos materiales que, a modo de primitiva matrioshka, alojaban el sarcófago con la momia del Rey Tut. El premio gordo para cualquier arqueólogo y más en este caso, que llevaban dos años catalogando piezas, sin haber llegado al descubrimiento final.

A partir de ese momento, una desaforada fiebre de «egiptomanía» invadió el mundo entero, sobre todo el anglosajón, creándose líneas de moda femenina basadas en las vestimentas de los relieves, comenzó la edición de novelas ambientadas en el antiguo Egipto de los faraones, algún que otro avispado cultivador de limones le puso a su empresa el nombre King Tut y se llegaron a grabar discos con canciones que aludían a Tutankamón. El negocio es el negocio y Tutankamón vendía. Y fue uno de los primeros casos de explotación masiva del merchandising. Así ha sido durante los últimos 100 años. Y el pobre faraón sin cobrar una piastra por derechos de imagen en todo este tiempo. 100 años de arqueología, historia, supuestas maldiciones, mitos y leyendas que han acompañado desde entonces al jovén faraón Tut.

Autor: Carlos García Merino