El hombre que convirtió las bandas sonoras en arte

Muere a los 91 años Ennio Morricone, compositor de Cinema Paradiso, La Misión y 400 obras más

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IVÁN LLATRÉS

Nunca se ha entendido el cine sin música, ni cuando era mudo, silente, que dicen los entendidos. Para completar aquel invento de los hermanos Lumière, ingeniado para visionar imágenes continuas y con movimiento, la música amenizaba las sesiones de proyección. La llegada del sonido abrió un mundo a los espectadores y la música comenzó a cobrar importancia. Hoy hemos conocido la muerte de uno de los más grandes compositores de bandas sonoras, el italiano Ennio Morricone, una institución del séptimo arte, creador de temas casi 500 obras para la gran pantalla, que se dice rápido. Había sido nominado junto a John Williams para recibir el premio Princesa de Asturias, pero dejará vacío su sillón por culpa de una caída en la que se rompió el fémur.

La primera vez que me quedé con su nombre fue al escuchar el tema principal de El bueno, el feo y el malo (Sergio Leone, 1966), una película de personajes mal encarados (Clint Eastwood sin afeitar y con el cigarro en la comisura de los labios, y eso que era el bueno), poco diálogo y disparos que sonaban prefabricados, rodada con poco presupuesto en el desierto de Almería. Esas notas de flauta nada más comenzar la música, seguidas de los silbidos, eran un toque de atención porque detrás de esas notas había un gran compositor. Morricone dejó su sello en otras producciones de spaghetti western dirigidas también por Leone, que era un amigo de su infancia: Por un puñado de dólares (1964) y Agáchate maldito (1971), la llamada trilogía del dólar y Hasta que llegó su hora (1968). En ellas empleó la guitarra eléctrica, el arpa, la campana…instrumentos no habituales en las bandas sonoras. Para Leone también compuso la banda sonora de la durísima cinta Érase una vez en América (1984), que se quedó a las puertas de un Oscar por un tecnicismo. La Academia norteamericana reconoció su obra en dos ocasiones: en 2006 con un Oscar honorífico y diez años después por la música de Los odiosos ocho. También tiene dos Grammy, tres Globos de Oro, cinco BAFTA, diez premios David de Donatello, once Nastro d’argento y el Premio de Música Polar en 2010.

Pero lo más grande estaba por venir. Novecento (Bernardo Bertolucci, 1976), La Misión (Roland Joffé, 1987), con un impagable oboe, Los intocables de Elliot Ness (Brian de Palma, 1987), donde el violín imprime más emoción si cabe a la situación, entre disparos y el llanto del bebé, y Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore, 1988). Y aquí hay que pararse. Pocas escenas son más emotivas que la del protagonista visionando en una sala de cine vacía y a punto de ser pasto de la piqueta esa selección de besos censurados por el cura del pueblo que pone punto y final a una de las mejores obras del cine italiano, que era otra cosa a lo que es ahora. Ante los ojos del protagonista, interpretado por Jacques Perrin, desfilan los besos de Vittorio Gassman y Silvana Mangano (Arroz amargo), Cary Grant y Rosalind Russell (Luna nueva), Charles Chaplin y Georgia Hale (La quimera del oro), Errol Flynn y Olivia de Havilland (Robin de los bosques), James Stewart y Donna Reed (¡Qué bello es vivir!), Marcello Mastroianni y Maria Schell (Noches blancas), Gary Cooper y Helen Hayes (Adiós a las armas), Alida Valli y Farley Granger (Senso), Greta Garbo y John Barrymore (Grand Hotel), Rodolfo Valentino y Vilma Bánky (El hijo del caid) y Spencer Tracy e Ingrid Bergman (El extraño caso del Dr. Jekyll) y algunos más que se me escapan.

Su última composición famosa fue la banda sonora de Los odiosos ocho (Quentin Tarantino, 2016), donde se volvió a encontrar con la temática del Oeste, muy lejos de las cintas de Leone porque aquí el diálogo es constante, como en todas las películas del cineasta americano. Tarantino tenía adoración por el músico romano, del que utilizó algunos de sus temas en Kill Bill (2003).

Su relación con el cine español no fue demasiado amplia. Trabajó con Juan Luis Buñuel en Leonor (1975), con Pedro Almodóvar en Átame (1990) y más tarde lo hizo con Miguel Hermoso en La luz prodigiosa (2003), sin olvidar Crimen Ferpecto (Álex de la Iglesia, 2004) También compuso la banda sonora de la coproducción de Francia, México e Italia Los cañones de San Sebastián (1968), un spaghetti western con guión del director hispanomexicano Miguel Morayta.

De esta leyenda de la música y el cine me quedo con dos obras de arte: Cinema Paradiso y La Misión, pero me podría quedar con muchas más, con todas aquellas que me hicieron sentir la emoción de seguir la narración sonora de una imagen. Para conocer un poco más a este genio recomiendo un libro, Ennio. Un maestro. Conversaciones, un diálogo entre Morricone y Tornatore.

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