Enganchado al caballo

El zapato de Hrundi, una sección de cine y series de Alberto Armas

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Foto: Insitu diario

“¿La gente te ha decepcionado?” .“Yo he decepcionado”. La Gran Belleza. 

Sin más. Buscando cómo empezar este artículo sobre la que, para un servidor, es una de las mejores series de la historia (y quizás de las más desconocidas para el gran público), me encontré con esta frase de la magistral película de Paolo Sorrentino. Y la verdad, no se me ocurre una más precisa de lo que es y será siempre el concepto fundamental sobre el que gira toda esta gran serie, Bojack Horseman (o Bojack para los amigos). 

Los que hayan visto la serie estarán de acuerdo conmigo. Qué difícil es intentar recomendar a amigos y conocidos que vean esta joya de Netflix (y lo digo sin miedo a equivocarme, la mejor). Porque de esa dificultad pasamos a la frustración. 

Amigo: ¿Que qué?¿Un caballo medio humano, actor? 

Yo: Pero está en horas bajas, con su depresión y alcohólico, y narcisista. Y es una crítica a Hollywood y … 

Amigo: Ni la veo. ¿Dibujitos? Ni la veo. 

Yo: Sí, pero es que en el octavo capítulo cambia y se vuelve más oscura y …

Amigo: Que me olvides. Por cierto, ¿has visto Élite

Yo: …No 

Lo dicho. Frustración. Cada día, cada semana, cada mes, vemos el ciento y la madre de series que están disponibles en nuestras plataformas domésticas. Algunas aceptables, otras mejores, y la mayoría, ya ni nos acordamos  de ellas. Pero de vez en cuando, muy de vez en cuando, aparecen cosas como Bojack (para los amigos, para el resto Bojack Horseman). Porque esta serie, aparte de ser de dibujitos, lo cual se te olvida al poco de empezar, es una de las obras televisivas más filosóficas y vitales que se recuerdan (como A dos metros bajo tierra, a la que tiene la osadía de mirar a la cara). Y gran culpa de ello lo tiene una construcción del personaje principal, o mejor dicho, deconstrucción , a la altura de los más grandes.  No miento. Para ello, un ejemplo. Con el fin de anunciar el estreno de la tercera temporada de la serie, los creativos de Netflix decidieron sacar un cartel en negro, únicamente con la cara del personaje de Bojack, donde leemos varios nombres: Soprano, Draper, Underwood, y Horseman. Para que nos entendamos, el Tony Soprano interpretado por James Gandolfini en Los Soprano; el Don Draper de John Hamm en Mad Men; el Frank Underwood de Kevin Spacey para House of Cards, y nuestro Bojack Horseman, al que pone voz el cómico Will Arnett. Ahí es nada. Y ahí está todo. Solamente se habían emitido dos temporadas. Bojack no había hecho más que empezar. Nos quedaba la vida entera. 

Porque de eso mismo trata esta serie creada por Raphael Bob-Waksberg (cerebro también de Undone, una de las series más alucinantes y alucinógenas del último año, disponible en Amazon Prime). Bojack nos habla de la vida. En toda su amplitud. De las segundas oportunidades. De los actos que cometemos cada uno de nosotros y de sus consecuencias. Del perdón y la redención. De la culpa. Existencialismo puro y duro. Sí, dibujitos… 

Esta crítica no contiene spoilers. Ni falta que hace. Bojack no merece ser explicada. Bojack es un salto de fe. Tanto suyo como nuestro. Suyo, porque desde  el primer minuto hasta el último episodio, o penúltimo (¡y qué penúltimo!), sus creadores han considerado tomar conscientemente las decisiones más difíciles imaginables creyendo que, nosotros, como espectadores, se lo agradeceríamos. Y nuestro, porque para verla y abarcar todo lo que nos ofrece, requiere de una paciencia que el resto de series no exige. No se ve por ver. No va de eso. Ni lo pretende. Es un camino que tenemos que recorrer despacio, y aunque así lo hagamos, es probable que no distingamos cuál es el principio y cuál el final. Como una noria. Circular. Como la vida. 

Gracias, Bojack, de tu amigo. 

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