Historias de la cuarentena (Parte VII)

Un administrativo de una farmacia en Córdoba relata los entresijos de su día a día tras declararse el estado de alarma

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Foto: RAM
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LUCÍA MONTILLA – INSITU DIARIO

En esta séptima entrega de ‘Historias de la cuarentena’, Diego Díaz, un administrativo de una farmacia en Córdoba, relata los entresijos de su día a día tras declararse el estado de alarma debido a la crisis sanitaria causada por el Covid-19.

Si bien el confinamiento ha provocado que muchos profesionales tengan que trabajar desde casa o no puedan continuar con su actividad laboral, hay muchos otros sectores que tienen que continuar con su oficio, e incluso aumentar su jornada. Este es el caso de Diego.

La cuarentena ha afectado a su rutina laboral porque ahora son solo dos personas en administración que se van turnando. «Uno va de ocho a tres de la tarde y el otro de tres a diez de la noche, así nos estamos organizando hasta que la cosa se tranquilice«, explica.

Aunque haya días que no trabaje en turno de mañana, se levanta cada día a las 8.30 horas para ponerse en forma desde casa con la ayuda de algún vídeo de YouTube. Además, ha dejado de utilizar el patinete para desplazarse porque así aprovecha para estirar las piernas y despejarse un poco más.

Foto: RAM
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Cuenta que el primer fin de semana de encierro, justo después de que el Gobierno declarara el estado de alarma, hubo un boom de compras y tuvieron que echar horas extras para poder atender toda la demanda. «La cantidad de pedidos fue mortal, tan solo en la página web triplicamos la cantidad de pedidos que solemos hacer», asegura.

Se ha encontrado en el trabajo a clientes que sabe de buena tinta que no tienen hijos e intentan hacerle «chantaje emocional y se inventan trolas» para que les venda más mascarillas. «Nosotros no negamos la venta a nadie; si no vendemos mascarillas es porque no tenemos», afirma.

Además, explica que durante las primeras semanas había muchas personas, sobre todo de edad avanzada, que no respetaban la cinta de un metro de separación, pero ahora «todos se han involucrado y se han concienciado sobre el problema».

Diego aprovecha el poco tiempo que le queda libre haciendo ejercicio y jugando a juegos online como el League of Legends o el Pokerstars. Además, para que el confinamiento se haga más ameno se ha propuesto leer dos libros.

Piensa que, durante las primeras semanas de cuarentena, las medidas adoptadas por el Gobierno no se respetaron, sobre todo entre los más jóvenes. «El primer fin de semana vi a muchachos de entre 16 y 17 años con litronas. Se lo estaban tomando a pitorreo», manifiesta.

Según él mismo, el día a día en su barrio es muy tranquilo. Cada noche se aplaude al personal sanitario, pero, al ser un barrio ‘con mucha gente mayor’, no hay personas que canten o pongan altavoces con música para animar la tarde. Sin embargo, hay un hecho que le ha sorprendido y es que «veo una excesiva cantidad de perros que nunca antes había visto. Parece que la gente los saca a todas horas para tomar el aire y entretenerse».

Actualmente está compartiendo techo con su familia porque «mi madre está malita y necesita que esté aquí». Él, su padre y su hermano se organizan cada día para que siempre haya alguien en casa y organice la limpieza y la comida del día. Afirma que en su casa se han tomado las medidas de prevención e higiene ‘a pecho’, puesto que «como trabajo en una farmacia me he asegurado de que haya geles hidroalcohólicos de sobra».

Al tener que salir cada día a trabajar y estar en contacto con otras personas, lo que peor lleva es no poder acercarse a su familia. Sin embargo, ha encontrado una forma muy original de demostrar su afecto: «Ya que no podemos darnos besos ni abrazos, nos saludamos y despedimos chocando los codos«.

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