Según la Organización Mundial de la Salud, “la Covid-19 es la enfermedad infecciosa causada por el coronavirus que se ha descubierto más recientemente y que tanto el virus como la enfermedad eran desconocidas antes del brote de diciembre de 2019”. Aun así, cuando el virus se encontrada en Wuhan (China) nadie se tomaba en serio lo que ocurría por la sencilla razón de que estaba lo suficiente lejos como para que nos tocase. Si a eso le sumamos que todo el mundo pensaba que era una gripe más o que China estaba ocultando la verdad, la humanidad siguió haciendo su vida con la mayor normalidad hasta entonces conocida.

Pasaron un par de meses y los casos llegaron a Italia y ahí la preocupación empezó a invadir algunos hogares, pero sobre todo algunas instituciones. La OMS empezó a dar conferencias sobre los hechos. Los especialistas buscaban algún denominador común con virus existentes, etc. Pero aun así la normalidad seguía reinando.

Pero llegó el 14 de marzo y el Gobierno de España declara el Estado de Alarma por una emergencia sanitaria ya que el mundo se encontraba en mitad de una pandemia. Ahí sí que la palabra normalidad cambió completamente y dejó de tener el sentido que hasta entonces muchos le otorgaban.

Primer plano de cápsulas con líquido rojo de la COVID-19 sobre una mesa

Ahora, seis meses después de ese día se da comienzo a esta “nueva normalidad” en la que ir a clase supone un riesgo. Nadie hubiese imaginado que esa frase podría llegarse a decir. El foco de todas las cuestiones se centra en la vuelta al cole de los más pequeños ya que el control de estos es el más complicado. Cierto es. Pero, ¿hay otros sectores que deberían ser centros de atención? Jóvenes que han sido positivos en COVID-19 y que ahora tienen que volver a la normalidad, con incertidumbre por todas las nuevas noticias o la poca información que aun se sigue teniendo sobre este virus.

Pensemos en esos jóvenes que antes de que se declarase el estado de alarma comenzaron a tener síntomas. Es el caso de Jorge Marzo, un estudiante de Valladolid que el 10 de marzo fue cuando empezó a sentirse mal.

La temperatura de los días anteriores había sido alta, pero cuando llegué a 37,2 me preocupé ya que, para mi temperatura corporal, eso es alto. Aunque estaba manteniendo precauciones previas, llamé al médico para hacerme las pruebas y di positivo en COVID-19. Otros síntomas que presenté fueron ausencia de olfato y gusto, dolor de cabeza y falta de aire, probablemente relacionada con la preocupación por la situación quiero creer

¿Por qué este nicho es importante? Por el tipo de sintomatología que han presentado los afectados. Expliquémonos. Cada caso de joven afectado por la COVID-19 es completamente distinto a otros. De ahí la importancia de este grupo. María Eugenia, de 29 años decidió hacerse las pruebas por una congestión nasal a mediados de marzo. «Una de las hermanas de mi comunidad estuvo ingresada por COVID-19, así que llamé a mi doctora para solicitar la prueba”, añade. En cambio, Jesús Bueno, de 20 años se sometió a la PCR en agosto ya que tuvo dolor de espalda y cabeza.

Este grupo de edad es en el que los síntomas son más aleatorios. Encontramos desde la nada absoluta (asintomáticos) hasta los síntomas establecidos. De ahí que muchos de los que ya han sido afectados siguen con preocupación. No tanto por ellos, pero sí por su entorno ya que volver a estar en contacto tan directo con un gran número de personas con sintomatologías tan dispares pone en peligro a mucha gente.

Pero continuando con los testimonios de jóvenes afectados, una de las preguntas que se les ha realizado es cuándo supieron que ya eran negativos. La medía ha sido de unos 20 días, aunque existen casos como es de esperar, que no tuvieron la certeza hasta casi dos meses después de la primera PCR. Y esta pregunta nos lleva directamente a esta “nueva normalidad” que se vive actualmente.  El nuevo curso ya ha empezado y como es lógico, trae consigo muchas dudas e incertidumbre. “Desde luego, va a ser un curso diferente. Detesto, a la vez que comprendo, el que mi último curso sea sin estar libremente con mi entorno, pero entiendo que cumpliendo las normas es la única forma que tenemos para combatir el virus” afirma Jorge.

Las secuelas emocionales, los miedos y las dudas es algo que no se suele asociar con los jóvenes. Definitivamente, sabemos poco de los daños colaterales de la enfermedad. Actos irresponsables y medidas mal tomadas parecen ser más importantes. Hacer llegar a las personas lo que ocurre dentro de los jóvenes es importante para poder entender sus comportamientos. Que hayan pasado la enfermedad puede ser que los haga estar mas tranquilos, pero dar a conocer sus síntomas y sus preocupaciones ayuda a que otros jóvenes estén prevenidos de lo que pueda llegar a pasarles.

Alba Pérez – Insitu Diario

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