La Córdoba que retrató Francisco Alcántara hace 125 años

El libro reunía una serie de escritos encabezados por los dedicados a la ciudad (Córdoba, La cordobesa, Los patios de Córdoba y El patio de los naranjos) a los que se unían unas notas artísticas é históricas

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En 1896 apareció publicado en Barcelona un libro bajo el título Córdoba, cuyo autor era de nombre Francisco Alcántara. Este título se añadía a la Colección Diamante puesta en marcha por el editor Antonio López, de la Librería Española y reunía una serie de escritos de Alcántara, encabezados por los dedicados a Córdoba (Córdoba, La cordobesa, Los patios de Córdoba y El patio de los naranjos) a los que se unían unas notas artísticas é históricas (sic), que versan sobre lo que este autor escribió sobre Salamanca, Valladolid y Toledo, además de La escultura religiosa en España, Palafox y José Villegas.

Arrancaba el autor con una impresión en la que ya sentaba las bases de por dónde iban a ir los tiros de su escrito: «Exceptuando su incomparable mezquita, no tiene hoy Córdoba, como otras ciudades, el poder de deslumbrar á los viajeros que con la guía en la mano buscan donde gastar en fugaces exclamaciones la dosis de entusiasmo determinada en las páginas». Alcántara era de la opinión de que éramos una ciudad más que de provincias, provinciana, sin atractivo para atrapar al visitante (el turista de la época) y que dormitaba a la espera de ocasión para manifestar su gusto por la jarana. «La blancura monótona del caserío de humilde y sencilla apariencia, nada revela de la vida interior; van á la mezquita, andorrean un rato por aquel bosque de columnas, y tal vez molestados por el peso de las grandezas que evoca en medio del silencio de una ciudad como muerta, salen ansiosos de bullicio para ahuyentar la honda melancolía que agobia el corazón, sin encontrarlo en parte alguna, porque la gente de Córdoba solo se muestra bulliciosa en sus grandes fiestas». El que escribe es un cordobés, de Pedro Abad, para más señas.

Francisco Alcántara Jurado, autor también del autorretrato que aparece en el libro, es considerado la figura cultural más relevante de Pedro Abad. Nacido un 27 de marzo de 1854, ya de niño demostró un don natural para el estudio, cursando Bachillerato en Córdoba e ingresando posteriormente en la Escuela Provincial de Bellas Artes, donde coincidió con los hermanos Julio y Rafael Romero de Torres. Posteriormente, se traslada a Madrid, donde se licencia en Derecho y Filosofía y Letras. Fue profesor en la Escuela de Artes y Oficios Artísticos de Madrid, publicando artículos como crítico de arte en numerosas publicaciones de la época, así como fundador de la Escuela de Cerámica de Madrid, cultivando, además, la amistad de Galdós, Zuloaga, Azorín o Valle-Inclán. El ayuntamiento perabeño lo nombró Hijo Predilecto de la Villa el 15 de diciembre de 1927. Diez días después, se descubrió una placa en su casa natal y la calle donde se ubicaba su primer hogar llevaría su nombre, falleciendo en Madrid el 9 de marzo de 1930.

Imagen de Francisco Alcántara en 1911
Monumento de Francisco Alcántara en Pedro Abad

Dejó escrito Francisco Alcántara: «Es difícil que exista una ciudad tan limpia como Córdoba. Las piedras de sus calles brillan como guijas recien (sic) lavadas en la ribera (…) nadie que penetre en una ciudad como Córdoba, cuyas calles son un estrado cuyas paredes de crugiente (sic) blancura parecen rechazar hasta el intento de mancha, dejará de meditar un instante sobre las causas de tan exagerada limpieza, y hallándolas ó nó, (sic) de admirarlas y bendecirlas como el saludable y estético placer de que son causa». Vamos, una patena, según el perabense que nos ocupa. Igualito que ahora…o bien que, como hemos comprobado, le cegaba la pasión y lo acompañaba, además, de un lenguaje recargado a todas luces.

Sobre la mujer cordobesa, que, por lo leído le gustaban más que comer con los dedos, suelta una perla del siguiente calibre: «La cordobesa es un rayo de sol ardiente recogido en la fresca y pálida corola de una magnolia», o retrata su manera de mostrarse al mundo:  «La heredada altivez es como aureola que circunda á toda cordobesa de raza. Tras de esa altivez se hallan en la intimidad dulzuras más exquisitas, cuanto más contenidas en los límites de un recato señoril impuesto por la alta estima de sí misma». Vamos, que se adelantó en un siglo a lo que, coloquialmente, se conoce como cordosiesa, dicho sin ánimo de ofender…

Artículo en medio de comunicación

Al hablar de los patios cordobeses nos deja reflexiones como las que siguen: «El patio de Córdoba es como un viejo pergamino en cuyos gastados y borrosos caracteres pudieran descifrarse muchos de los secretos de la vida de los árabes españoles (…). «Durante los crepúsculos y las noches el patio es el lugar sagrado donde la poesía crea los ensueños que, aposentándose en el corazón, comunican la nostalgia del vago y brillante mundo por que suspiran en sus cantares aquellas mujeres poseedoras del secreto de una instantánea seducción». Ya salieron otra vez las señoras a colación…

Finalizaba la parte dedicada a Córdoba, fechada en febrero de 1895, con la siguiente recomendación: «En una sola cosa debieran pensar constantemente los cordobeses hasta que consigan alcanzarla: en la canalización del Guadalquivir hasta Sevilla para dar fácil y barata salida al mar á estos productos (granos, vinos, frutas y ganados) y á los de su riquísima región minera de Sierra Morena; y la verdad es que pensar en algo, sería en Córdoba algo así como un medio de diversión en la inalterable tranquilidad de su existencia». Retranca no le faltaba al amigo Alcántara.

Carlos García Merino

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