Las cosas que sé que son verdad es el siguiente texto escrito por Andrew Bovell, cronológicamente hablando, tras Cuando deje de llover, llega al Gran Teatro.

En este caso, Bovell perfila a un universo más contenido que en la epopeya de su pieza anterior. La pieza se nos muestra como una suerte de pequeño organismo preservado en una perla de ámbar.

Aquí, en lugar de contemplar una vasta extensión de manera inmediata, somos capaces de extrapolar a través de un sutil detalle, un paisaje incluso más amplio. En su inmensa contención, la pieza sigue explorando un tema constante en la imaginería del autor: la relaciones, fisuras y vínculos de las personas con la naturaleza.

La naturaleza, y a través de ella, aquello que está más allá del conocimiento y el dominio humano. Aquello que, en suma, a pesar de la ilusión del control, va trazando el transcurso de la vida, mediante la obra Las cosas que sé que son verdad.

En una casa suburbana, con un pequeño jardín, una familia de clase media afronta el paso de un año decisivo. A través de la metáfora material del transcurso de las cuatro estaciones que condensarán el crecimiento y cambio de cuatro hermanos y hermanas y sus vínculos con su padre y su madre, asistiremos al desarrollo de un organismo que mutará, se agitará y morirá, para seguir, siempre, incontenible e imparable, respirando y transformándose.

Las cosas que sé que son verdad, ha sido posible disfrutarla en un encuadre inmejorable, como es el Gran Teatro y con una gran aceptación del público cordobés.

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