Postales a 2,8 – Las guerras de Pascua

Diario de una reportera

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LUCÍA MONTILLA – INSITU DIARIO

Tengo la sensación de despertarme cada día sin saber si estamos a lunes o a viernes. Cada mañana compruebo la hora dos veces y tacho de esquina a esquina otro día en el calendario. Estoy desorbitada, pero eso ya es el pan de cada día.

La Cuaresma llegó a su fin hace algunos días. Sin embargo, seguimos inmersos en otro tipo de cuarentena. Segundo domingo de Semana Santa, Domingo de Resurrección para muchos y un día de vacaciones para otros. Este año poco ha importado si te gusta más o menos la Semana Santa; si persigues los pasos o huyes de ellos. Esta vez todos la hemos vivido de la misma forma: encerrados.

Esta semana Capitulares no huele a incienso, los adoquines del centro no resbalan por la cera y no se han escuchado saetas desde los balcones. Muchos han hecho su propio altar en casa; otros habrán hecho una bola de papel albal para teñirla con la cera de una vela.

Nos guste o no, Córdoba no parece la misma. Está cambiada, parece que hubiera ido a la peluquería y se hubiera saneado las puntas. No sé si nos echará de menos, pero se ha hecho dueña de nuestros anhelos.

Una hilera de edificios cubre mi horizonte, me dan ganas de derribarlos y dejarme embaucar por la sierra. Por ahora, tendré que conformarme con mirar hacia arriba, hacia las estrellas, que están más brillantes que nunca.

No dejo de preguntarme qué será lo próximo que se cobre este bicho. Nos ha tomado el pulso y se ha llevado a muchos. Ha desmoralizado al positivo y ha inquietado al despreocupado. Ha ganado numerosas batallas, pero la guerra aún no ha acabado.

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