Recordando la primera visita de Alfonso XIII a Córdoba

Tras acceder al trono inició una serie de viajes por el territorio nacional en el que estaba incluida una gira por las principales ciudades andaluzas

La primera vez que Alfonso XIII visitó Córdoba fue el 12 de mayo de 1904. Solo dos años antes, contando dieciséis, había jurado la Constitución y accedido al trono, poniendo fin a la regencia de su madre, doña María Cristina. En éste de 1904 inició una serie de viajes por el territorio nacional en el que estaba incluida una gira por las principales ciudades andaluzas. La prensa de la época se hizo amplio eco de la regia visita a nuestra ciudad, incluso (algo inédito para aquel tiempo) colocando una fotografía en la portada de El Defensor de Córdoba, que en el número de la víspera, además de enjabonar al monarca con loas y más loas, establecía un cronograma de la visita con sus jalones más destacados.

Todo listo para recibir al joven Alfonso. Córdoba había amanecido de gala, con un sol espléndido iluminando las calles del centro de la ciudad y las fachadas y balcones adornados con mantones, colgaduras y otros elementos decorativos. «A las siete ya se hallaba intransitable la calle Gondomar y á las ocho comenzaron á ocuparse las tribunas. La plaza del Instituto se encontraba desde bien temprano ocupada por los escolares y en cafés y círculos el gentío era inmenso. En los últimos trenes llegaron miles de pasajeros. Toda la noche se ha trabajado en la ornamentación de los arcos y puede asegurarse que ni en tiempos de feria se ha visto concurrencia mayor». Así lo reflejaba la intensa crónica elaborada por el plumilla de El Defensor.

A las once de la mañana llegó el tren que transportaba al monarca y a su  séquito. «El entrar, (sic) hubo muchísimos vivas y aclamaciones disparándose cohetes y morteretes«. Ocuparon el carruaje dispuesto para la ocasión, además de Su Majestad; Antonio Maura, presidente del Consejo de Ministros;  Lorenzo Domínguez, ministro de Instrucción Pública y el alcalde Rafael Conde Jiménez. «Los vivas son ensordecedores;  los estudiantes se señalan en su entusiasmo. Desde los balcones de la Carrera de la Estación arrojan al monarca profusión de palomas y flores. Siguen los vivas al Rey«.

Tras partir de la estación, la comitiva real emprendió camino por Gran Capitán, bajo una lluvia de miles de flores y la Banda de música municipal ejecutó la Marcha Real al pasar el Rey. «Al llegar al frente del café Cervecería fué necesario desenganchar el tronco delantero del carruaje que ocupaba el Rey, pues á causa del inmenso gentío que rodeaba el coche, los caballos se resistían á marchar«. En la calle Gondomar, «desde el Círculo Liberal Democrático, arrojan al monarca, las bellas señoritas que ocupaban los balcones, bouquets y palomas«. Y flores y más flores y más y más palomas. Una de éstas, incluso, dio al Monarca en el pecho. Allí le fue entregado al joven Rey un sombrero de la casa Rusi, que había sido inaugurada ese mismo año. Al llegar a la plaza de Cánovas (actual Tendillas) la banda Salesiana ejecutó la Marcha Real. Al pasar por la calle Duque de Hornachuelos vuelve la lluvia de flores incesante desde la Fonda Suiza, desde los balcones del Colegio de Santa Victoria. Al llegar a la plaza de Benavente, la banda de música de Castro del Río ejecutó la Marcha Real. Tras recorrer la calle Céspedes, el joven monarca llega a la Catedral a través de la Puerta del Perdón.

«Un gentío inmenso ocupaba la Catedral. Al entrar el Monarca, los dos órganos tocaron la marcha real. Al entrar el Rey en el coro, el público apesar (sic) de encontrarse en dicho lugar, prorrumpió en entusiastas aclamaciones al Rey. (…) El sillón en que se sentó el Monarca ha sido cedido por el convento de Santa Ana, y en él tomaron asiento el abuelo y padre del Rey, en visitas que hicieron anteriormente á esta capital«.

Finalizado el Te Deum, Alfonso XIII visitó la capilla del Cardenal Salazar y en la capilla del Mihrab «contempló con detenimiento sus bellezas, manifestando á los que le acompañaban que no había visto nunca cosa igual«. En el trayecto de la Catedral al Ayuntamiento, flores y más flores y, acompañando al carruaje, a su derecha concretamente, se encuentra el marqués de Viana, que se convertirá en uno de sus hombres de más confianza al discurrir de los años. Al pasar por la calle Maese Luis ¿lo adivinan? la Real Sociedad Filarmónica que, por allí andaba, interpretó la Marcha Real (y van…). Y más ovaciones, más flores y más palomas…

Alfonso XIII llegó al Ayuntamiento y, tras subir al despacho de la Alcaldía, donde descansó un rato, conversó por teléfono con su augusta madre (por muy rey que seas, hay que informar a mamá). Después de reponer fuerzas, la comitiva se dirigió a las Ermitas, a donde llegaron a las tres menos cuarto, y según el cronista «con un calor sofocante«. «El Rey oró en la iglesia y se dirigió al pabellón del comedor. El ermitaño F. Cayetano Heras, hijo de un gentilhombre de S.M., dió al Monarca una fotografía de una escultura suya premiada en la Exposición de París. También le dieron los ermitaños cuatro rosarios de plata sobredorada». De esta visita ha quedado constancia en las instantáneas obtenidas por Laguna para Nuevo Mundo.

Con tanto ajetreo, lo normal es que la gazuza apretase y para ello estaba organizada una comida con lo principal de la sociedad cordobesa, nobles y aristócratas venidos desde Madrid y cualquiera que fuera alguien en Córdoba. Y los que se apuntaban a un bombardeo, que de eso siempre abunda. El menú era de campanillas.

Después de tan opíparo almuerzo que debió extenderse lo suyo, acudió el joven monarca al Coso de los Tejares, donde se celebraba un interesante mano a mano entre Machaquito y Montes. Llegó una vez finalizado el tercio de varas del cuarto astado, desatando el júbilo entre los espectadores de la plaza. Tras finalizar el festejo, se dirigió la comitiva de nuevo a la estación (que había sido pintada días antes para ofrecer el mejor aspecto) donde embarcaron en un tren con destino a Sevilla, de donde habían llegado esa mañana. Por su parte, se celebraron sendos banquetes paralelos. Uno, al que asistieron los 72 alcaldes de los pueblos de la provincia y algunos exdiputados provinciales y corresponsales de varios medios, además del director de El Defensor de Córdoba. Aunque el menú distaba mucho del que tomaron su majestad y sus invitados, por muy escrito en francés  que estuviera. Eso sí, estaba rematado con café, copa y puro, como las grandes ocasiones requerían. La Diputación de Córdoba había acordado en pleno celebrado el 16 de abril, la acuñación de 200 ejemplares de una medalla especial conmemorativa de la visita del rey para distribuirlos entre los diputados provinciales, concejales del Ayuntamiento de la capital y alcaldes de los pueblos de la provincia, de los que se conserva un ejemplar en la institución provincial.

También hubo almuerzo para los periodistas, organizado por el representante de la casa Puzzini Hermanos por indicación del gobernador civil y dos concejales. Al final hubo 83 comensales, 30 más de los previstos. No ha cambiado nada bajo el sol en más de 100 años de periodismo en Córdoba cuando hay, por así decirlo, tintes gastronómicos a la vista.

Y no sería ésta la última vez que visitara Córdoba Alfonso XIII en los siguientes 27 años. Hasta en siete ocasiones (que se sepa) visitó tierras cordobesas. De sus correrías en Moratalla, bajo el pretexto de venir de cacería, daría para escribir un libro. Pero eso es ya otra historia…

Autor: Carlos García Merino