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«Tacho día a día el calendario deseando que me hagan la prueba y dé negativo»

Testimonio de un contagiado por Covid-19 en Córdoba

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Foto: Sergio Blázquez

LUCÍA MONTILLA – INSITU DIARIO

El 13 de marzo fue un punto de inflexión en la vida de muchas personas. Aquel día, cuando el Gobierno declaró el estado de alarma, nuestra rutina dio un giro de 180 grados. Ese día, el muro que nos mantenía desconectados del mundo cayó y empezamos a valorar todo aquello que parecía invisible y estaba a menos de dos metros.

Hace ya 19 días que el mundo recuperó la salud que le habíamos robado y se repuso a costa de que algunos, que hoy ya son muchos, fueran atacados por su verdugo. Su nombre es un susurro en nuestras cabezas y cada día se infiltra en los medios de comunicación. Se ha convertido en un enemigo invisible que nos amenaza cada vez que salimos del fuerte en busca de suministros. Hace que caminemos con armadura y que desconfiemos más que nunca del desconocido. Huimos del contacto pero, al mismo tiempo, es lo que más añoramos.

Aquel desafortunado viernes 13, Sergio Blázquez empezó a tener fiebre, dolor de cabeza, cansancio y malestar general. Se convirtió en uno de los primeros cordobeses atacados por el Covid-19. Hoy ya lleva once días aislado y «no es tan fácil como podía pensar al principio».

Como trabaja en la lavandería de Reina Sofía, lo primero que hizo cuando empezó a tener síntomas fue llamar al hospital en busca de información. «Me dijeron que me quedara en casa aislado completamente. Al día siguiente me llamaron para que fuera al centro de salud Carlos Castilla del Pino a realizarme las pruebas», cuenta.

Una vez en la consulta, «me introdujeron un bastoncillo en la nariz y otro en la garganta para coger muestras de secreciones«. Al día siguiente el epidemiólogo lo llamó para comunicarle que había dado positivo en coronavirus y explicarle las medidas de prevención que tenía que seguir. Afirma que poco después «me llamaron los de medicina preventiva para que no me preocupara por la baja laboral, ya que ellos se iban a encargar de solicitarla».

Asegura que las precauciones que ha tomado son las que están subidas en la página web del Ministerio de Sanidad sobre cómo actuar en casos leves de Covid-19. «Por ejemplo, tengo dos bolsas en el dormitorio: una para la basura y otra para la ropa sucia. Cambio la ropa de la cama cada dos días y limpio mi dormitorio con lejía casi todos los días. Si quiero salir de la habitación para ir al servicio, me pongo los guantes y la mascarilla. Cuando acabo de utilizar el baño lo limpio todo con lejía para que no quede rastro del virus», explica.

Foto: Sergio Blázquez

A los 15 días de ser diagnosticado, el centro de salud volvió a llamar para preguntarle cómo estaba y comprobar cómo evolucionaba la enfermedad. «Los síntomas remitieron en el transcurso de tres días. Desde entonces no hay sintomatología alguna, pero sigo en aislamiento domiciliario«.

Acostumbrados a vivir de espaldas al mundo, cómodos en nuestra burbuja y ensimismados en no ver más allá de nuestros problemas, el mundo más que nunca se ha convertido en el centro de nuestro rompecabezas.

Desde que fue diagnosticado el sentimiento de impotencia se le ha encajado en el pecho porque no puede ir a trabajar ni relacionarse con su familia y su pareja. «Tacho día a día el calendario deseando de que me hagan la prueba y dé negativo», manifiesta. Anhela hacer vida normal y le desespera estar entre las cuatro paredes de su habitación. Se pasa las horas oteando el mundo a través de una ventana.

Foto: Sergio Blázquez

Su día a día ha cambiado radicalmente porque «en casa no paraba prácticamente nada porque, según mi horario, lo mismo me iba a tomar café que a dar una vuelta o me quedaba en casa con mi pareja o mis amigos». Además de trabajar, antes de que pasara todo esto, estudiaba un ciclo superior en Asistencia a Dirección, pero ahora «está paralizado por la situación que tenemos en el país».

Los primeros días de esta interminable pesadilla estaba preocupado por su familia y por su pareja, ya que son las personas con las que había tenido contacto directo en los últimos días. Sin embargo, ya han pasado bastantes días y ninguno de sus allegados presenta síntomas.

Al vivir con su familia, Sergio ha tenido que recurrir a hablar con sus padres por videollamada y teléfono móvil. De esta forma, reduce al mínimo la posibilidad de contagiarlos. Estos días de confinamiento están siendo para él una auténtica odisea en la que lo más duro es «no poder ver a mis padres y la impotencia que me supone oírlos llamar a mi puerta y que me dejen la bandeja con la comida en el suelo. Tengo que comer todos los días solo y no puedo hablar personalmente con nadie«.

El ambiente que hay en su barrio lo está ayudando mucho. Según él mismo, «cuando son las 19:55 horas los vecinos empiezan a poner música y luego todos aplauden« a los que se están dejando la piel por esto. Asegura que cada vez hay más personas que se unen a la causa y después de los aplausos la ‘fiesta’ continúa. «Algunos vecinos ponen música y luces de colores en los balcones; otros han sacado las luces de navidad e incluso tengo un vecino que es tenor y canta desde el balcón», añade.

Foto: Sergio Blázquez

Las calles de Córdoba están desoladas, pero sus vecinos están más presentes que nunca. Una lección de solidaridad, compromiso y unión que será conmemorada en alguna futura clase de historia. Sergio afirma que «tengas ganas o no, te saca una sonrisa ver la solidaridad que hay en el barrio por parte de todos los que vivimos en él».

Ahora que el peligro ya ha pasado y está asintomático, se ha dado cuenta de que «la gente que me quiere estará ahí cuando todo esto acabe y volvamos a la normalidad. Aunque parezca un tópico, echo en falta mi trabajo«. «Estos días me han servido mucho para pensar y plantearme lo que tengo. No puedo perder a toda la gente que creía que no tenía pero ahora sé que están ahí«, concluye.

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